Acabo de terminar una edición
bastante completa de los cuentos de Horacio Quiroga, el llamado “maestro
uruguayo”, aunque pasó casi la mitad su vida en Argentina; siendo además hijo
de padre argentino. Confieso que, en general, soy reacio a leer autores
hispanoamericanos, con la excepción de Borges (que es, por supuesto, el menos
hispanoamericano de todos). Mi criterio es muy simple, y totalmente personal:
existiendo tanto gran escritor en la tradición europea, e incluso norteamericana,
no parece aconsejable comenzar por lo más periférico. El tiempo es un bien
escaso, y es de sabios administrarlo correctamente. Esto, desde luego, no
quiere decir –como más de alguien podría estar concluyendo- que no exista o no
pueda existir un “gran maestro” hispanoamericano (o africano, o asiático, etc.);
sino simplemente que me gustan o interesan más los europeos, por diversas
razones cuya justificación nos alejaría ahora del tema Digamos entonces, como
opción de lectura propia, que hay que estar atento a lo que ocurre en el
exterior, pero instalado en el Viejo Continente.
Sostenía que la edición es completa;
un volumen que reúne las seis colecciones de su narrativa breve: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917.
Nótese que, por expresa indicación del autor, el título no lleva coma); Cuentos de la selva (1918); El salvaje (1919); Anaconda (1920); El desierto
(1924) y Los desterrados (1926). Se
trata de la versión de Editorial Díada (Buenos Aires, 2008), con un extenso
estudio preliminar de Luis Benítez, poeta, narrador y ensayista argentino,
miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía.
Mi primera impresión es una alarmante
sorpresa: las narraciones del paradigma del cuento sudamericano, “el maestro
indiscutido” -como reza la contratapa- me resultan malísimas. De inmediato me
vienen a la cabeza las palabras de Borges, citadas también por Benítez:
“Horacio Quiroga es, en realidad, una superstición uruguaya. La invención de
sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable
torpeza”. Este veredicto parece verse ratificado por la lectura. No en vano
decía Rodríguez Monegal que, de los cerca de doscientos cuentos que escribió,
sólo unos cuarenta eran rescatables[1]. Yo creo -después de
terminar de leer el volumen- que la opinión del más conocido de sus críticos es
extremadamente generosa.
Hay, sin embargo, que hacer
algunas distinciones. La primera colección -Cuentos
de amor de locura y de muerte- comienza con una historia autobiográfica (Una estación de amor) que no supera, en
mi opinión, los estándares mínimos del género, y encima repite su estructura
narrativa dos cuentos después. Este conjunto incluye sin embargo una pequeña
joya, que para mí es el mejor cuento de todos los que escribió. Al leerla, tuve
la sensación de alguien que, caminando por una calle periférica, descubre en un
escaparte mugriento de librería sin esperanzas alguna primera edición
extinguida hacía mucho tiempo. La sola presencia de esta narración, aunque
fuera la única- demuestra que Quiroga no es un mal escritor, sino un escritor
desigual. La historia a la que hago referencia es La gallina degollada. Su núcleo argumental es simple, y su prosa
sin mayor desperdicio. El autor consigue un final excelente, aunque no por ello
menos predecible. El mejor cuento de toda la colección.
Nadando un poco más adentro, yo
rescataría también El solitario; A la deriva; El alambre de púa y La
meningitis y su sombra. El primero tiene una estructura similar a La
gallina, pero de inferior calidad. El segundo, en cambio, me gustó mucho, por
su brevedad y espontáneo dramatismo. Se destaca aquí una de las características
de la narrativa de Quiroga: los cuentos ambientados en la selva tienen, en
general, muchísima más calidad que los situados en zonas urbanas; salvo raras
excepciones. Es como si perdiera calidad cuando se aleja de las zonas
tropicales (la narraciones que transcurren en Europa son por completo
prescindibles). En El alambre de púa
se inaugura su veta antropomórfica, por cuanto los protagonistas son caballos y
vacas, con un nudo literario interesante y recio. La última narración
mencionada es una historia de amor según los usos románticos de la época. Sin
salir de los estereotipos, consigue a mi juicio comunicar cierta emoción,
probablemente porque muchos quisieran vivir el desenlace.
En lo relativo a la segunda
colección -Cuentos de la selva-, se
cumple lo anunciado anteriormente: son relatos donde los animales actúan con
personalidad humana, y tienen sus mismas pasiones. Se trata de cuentos que
podrían darse a leer a un niño; algunos por su trama inconmensurable (como La tortuga gigante); otros, por su
alabanza de virtudes como el agradecimiento o la lealtad (La guerra de los yacarés). No son, sin embargo, narraciones de gran
valor literario. Para mi gusto, la mejor de todas es Las medias de los flamencos; muy conocida, por lo demás.
Del conjunto agrupado bajo el
título de El desierto, me resultó
interesante sólo una narración, denominada Una
conquista; sobre un escritor y su admiradora femenina, que tiene un
desenlace escalofriantemente real, y muy poco apto para vanidosos.
El grupo final exhibe la que yo llamaría
su segunda mejor historia, entre las aquí contenidas: El hombre muerto. Quiroga, sin embargo, se copia mucho a sí mismo;
esta narración remeda en cierta forma A
la deriva, antes mencionada, aunque sin perder su efecto, que se concreta ya
en las primeras líneas del cuento (exactamente igual que el otro).
Sería interesante analizar el
papel que desempeña la naturaleza en su universo literario. Los cuentos
ambientados en la selva son recios, como
pan de campo; sin aspiraciones de refinamiento. Cuentos que van a la historia
como quien va a quitarle el hueso a las aceitunas; narraciones vivenciales, de
experiencias vitales, que tienen urgencia por desembocar en un final que,
frecuentemente, sorprende o espanta. Otros parecen infantiles, pero son en
realidad violentos. Dan la impresión de estar construidos sobre una pedagogía
desencantada. Cada vez me convenzo más de que la vida de un escritor es generalmente
inseparable del horizonte hermenéutico que justifica su obra; no sólo por las
temáticas que cada cual aborda, sino particularmente por las claves de sentido
que se incorporan en sus escritos, y que van creciendo a medida que la obra
avanza. Sugiero leer la biografía de Quiroga antes de aventurarse en su
narrativa. Su vida sorprende, y ayuda a explicar muchos mecanismos presentes en
sus cuentos, que son, con más frecuencia de lo deseable, infantiles; ingenuos y mal escritos; cuentos que
podrían haber sido objeto de los afanes de un niño de trece años, como La llama; difícilmente justificables en
su baja calidad por la influencia del modernismo, ni menos por el realismo o el
naturalismo francés, que tanto le gustaba. Su nominación como “padre del
cuento hispanoamericano” le queda tan grande como el Premio Nobel a Tony
Morrison.
A la hora de dedicarle algún tiempo, el lector puede
hacer, obviamente, lo que quiera; pero yo si fuera usted me atendría a mi
recomendación.
[1] Emir Rodríguez Monegal, prólogo a Horacio Quiroga. Selección de cuentos,
Montevideo, 1966, p. 28. Citado por Augusto Soiza Larrosa, “Dos enfermedades
psiquiátricas en la narrativa de Horacio Quiroga”, en Salud Militar, vol. XXVIII, n. 1 (2006), p. 109.
