sábado, 25 de agosto de 2012

El vino de la soledad





La irrupción de Irene Némirovsky en la primera línea del universo literario, con la publicación de Suite Francesa (Éditions Denoël, París, 2004; Existe versión española en Salamandra, Barcelona, José Antonio Soriano trad.) produjo un enorme interés por su obra, hasta ese momento desconocida. Estoy convencido de que el nivel de su prosa la sitúa inmediatamente junto a aquellos que, en mi opinión, son los más grandes escritores del siglo XX: Josef Roth, Thomas Mann, y en cierta medida Herman Hesse.

Esta extraordinaria escritora nació en la ciudad de Kiev el año de 1903. Su padre, León Némirovsky, era uno de los banqueros judíos más ricos de Rusia. Su madre, Faïga, se hacía llamar Fanny (probablemente como expresión de su afrancesamiento), y carecía casi por completo de instinto maternal -según los testimonios. La autora de Suite Francesa hará explícito, durante su adultez, el rechazo que ésta le producía; nunca se preocupó afectiva ni pedagógicamente de ella, dedicada siempre a ensoñaciones banales del gran mundo, sin llegar a imaginarse el universo de sensibilidad que abrigaba en soledad el corazón de su hija.

Este es, justamente, el tema de El vino de la soledad (Le vin de solitude, París, 1935. Existe versión española: Salamandra, Barcelona, 2011. José Antonio Soriano, trad.). La escritora ucraniana, sin filtro literario alguno, se convierte en el alter ego de la pequeña Elena Karol, cuyo padre no está casi nunca en casa, y cuya madre la desatiende para entregarse a todo género de superficialidades: amantes, París, riqueza y libertad.

Se hace más o menos evidente, de la lectura de esta novela,  que Némirovsky ha aprendido las lecciones de sus maestros Tolstoy y Proust; especialmente en la recreación de los ambientes y de las atmósferas en que se deslizan con suavidad sus personajes. En general son descripciones breves, limpias, certeras, como el corte de un bisturí en manos de un profesional.


La pequeña Elena no disimula su parecido con la malograda autora, que hubiera querido ser bonita. La niña está dotada de una sensibilidad fuera de lo común, que impide a mi juicio que el libro llegue a ser apreciado unánimemente en toda su belleza melancólica. La existencia de la protagonista está marcada por dos elementos, que cruzan el escenario psicológico de la primera parte, al menos, de la obra: la soledad y el aburrimiento. No se trata de una soledad corpórea, pues la institutriz francesa no se separa de ella. Es más bien una soledad del alma, una ausencia que habla de desolación donde debiera haber gozo. En este sentido, es entendida aquí como un mal, un mal de afectos traidores como dientes que no muerden u oídos que no oyen; un mal de ausencia de lo que no podía, en ningún sentido, faltar: amor de los padres, que equivale a decir amor incondicional.


El aburrimiento es también parte importante de la escena. Atención al siguiente párrafo: "las clases y los deberes se habían sucedido desde la mañana sin un instante de respiro. Pero le gustaban los libros y el estudio, como a otros el vino, porque ayuda a olvidar. ¿qué otra cosa conocía? Vivía en una casa desierta y silenciosa. El sonido de sus pasos en las habitaciones vacías, la quietud de las gélidas calles tras las ventanas cerradas...la temprana oscuridad..." (p. 78). Como el terruño del alma de Elena parece fértil, la falta de entretenciones deriva su atención hacia el estudio. Hoy, nada de esto podría haber sido escrito: el autor y el personaje se habrían dedicado a ver televisión, a bajar música y películas de internet, o a perder el tiempo miserablemente en You Tube o Grooveshark…si no jugando Wi. Hay que agradecer que todos estos inventos hayan sido posteriores a las obras maestras del siglo XX.

La circunstancia de que el personaje principal sea inteligente y posea sensibilidad artística es lo que marca la narración. La voz interior de Elena lleva al lector a observar la realidad a través de un tamiz que la hace iridiscente; en este sentido la profundidad del espíritu actúa como una droga. En el caso de Némirovsky, al menos en esta novela, la lujuria del colorido se expresa, extrañamente (aquí radica en parte su virtuosismo), por medio de una tonalidad opaca, suave, pálida, a caballo de una prosa que es una densa humareda, y que no acaba nunca de encenderse en el fuego final. Tiene, por así decirlo, la monotonía de los días grises, la ironía melancólica de un hombre mayor: "¡qué vieja se puede ser a los doce años!" (p. 75).

Pero cuidado. La dulce y tierna criatura, como ocurre muchas veces en la vida, tiene en realidad el corazón emponzoñado. A partir del capítulo quinto podría decirse que, al menos aparentemente, la novela da un vuelco. Hasta aquí nos han descrito un carácter tímido, sensible y bondadoso, cuyas penurias tienden despertar la compasión del lector, no sólo por la objetiva injusticia de los hechos, sino especialmente por la asombrosa capacidad de recrearlos que la protagonista exhibe. Sin embargo, poco a poco, con frases finas y puntiagudas, comienza a salir de su interior una vaharada de odio que explota después en la venganza que cierra el círculo del libro.

Este es uno de los caminos posibles que el personaje puede recorrer. Sin embargo, Némirovsky no es inocente ni simple. Tal vez por su refinada inteligencia; pero tal vez también porque las palabras que conforman este libro son pequeños trozos de vivencias personales de la autora. He aquí, en general, uno de los milagros del arte: producir una copia que se torna indiscernible del modelo. Es probable que esto, a la postre, la redima. El carácter abstractamente angelical de la sufriente Elena en los primeros capítulos, sin embargo, no puede permanecer incólume en la realidad. La vida de un niño sin afecto se encamina a una crisis, de la cual puede salir fortalecido (un keirós poco frecuente), o herido como un pájaro por una andanada de balines. La Elena de Némirovsky une a su desgracia un carácter impetuoso, que le lleva a murmurar una melancólica profecía: “no podrán conmigo,. Soy valiente…que me quede al menos eso…Soy mala, tengo el corazón duro, no sé perdonar, pero soy valiente…” (p. 109).

El dolor sigue pues el curso natural en animal herido: la revuelta del alma, la afirmación del yo contra la adversidad y el desprecio de lo que ha mendigado: “no pediré ayuda a nadie y menos a ellos. No los necesito. ¡Soy más fuerte que los dos juntos! ¡No me verán llorar! ¡No son dignos de ayudarme! Nunca volveré a pronunciar su nombre… (el de mademoisille Rose, la institutriz que acaba de morir; única fuente de afecto con que la niña cuenta hasta este punto de la narración)” (p. 112).

El verdadero vuelco se producirá un poco más adelante, cuando esta necesidad de autoafirmación se transforme en deseo de venganza: “…¡no soy una santa, no puedo perdonarla! ¡Espera, espera un poco y verás! Te haré llorar como me hiciste llorar a mí…Nunca me enseñaste a ser buena, a perdonar…Es muy sencillo, no me enseñaste más que a temerte y comportarme en la mesa. ¡Qué odioso es todo! ¡Cuánto dolor! ¡Qué malo es el mundo! ¿espera, amiga mía, espera! (p. 143). Y “¡vengarme! ¡Ay, a eso no puedo renunciar…creo que preferiría morir a renunciar!” (p. 148).

En cierta legítima medida, el lector puede sentirse defraudado por esta vulgarización, este envilecimiento de un personaje que, hasta ese momento, recibe toda la catártica compasión de sus atribulados seguidores. Ello, sin embargo, sería una solución simple, como si la realidad pudiera cortarse en dos mitades totalmente inmaculadas. Pero la textura espiritual de Elena es más compleja que la burda aspiración a la puridad. El progresivo conocimiento de sus propias fuerzas, barnizado de juventud, insufla en su pecho deseos de aventura y de riesgo que desafíen la suerte y la providencia; o al menos tener –pide-, una vida normal, vida cuyo contenido se explica en la frase siguiente: “tener una madre como las demás”, lo cual es inmediatamente desechado por ser “demasiado tarde”.

Esta complejidad, natural en términos de que los seres reales no son principios separados y auto-idénticos, se traduce en que el odio de Elena, y sus violentos deseos de venganza, se mezclan con el arrepentimiento y la culpa, que en su caso se desencadena en la nostalgia implícita de lo que ella sabe que es, por contraste con aquello en lo que se está convirtiendo: una mujer de corazón duro, cuyo caso reitera el valor de la vieja predicción clásica: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo excelente es la peor). Esto es lo que, contemplando sus propios deseos de venganza, le lleva a exclamar “en el fondo, no soy mejor que ellos” (p. 160).

Sin embargo, el arte de Némirovsky nuevamente consigue huir de las caricaturas; quizás porque no hace otra cosa que hablar de sí misma y de lo que efectivamente tuvo lugar en los vaivenes de sus sentimientos. La pequeña Elena, que ha superado los quince años, vuelve a cambiar cuando Max, el amante de su madre por muchos años (y primo suyo) se marcha a Londres y las abandona. La protagonista se transforma entonces en un testigo privilegiado del derrumbe de una época entera, simbolizado en la decadencia de su familia donde, como ella misma dice, el odio deja paso al horror (p. 203).

Una vez que se han dispuesto las piezas para el final de la novela, Némirovky vuelve a hacer gala, en mi opinión, de su enorme virtuosismo literario, a propósito de la descripción del armenio, el nuevo amante de la decrépita madre, que hurga en las posesiones de su marido muerto como una rata en la bodega de una posada.

Estamos, para terminar estas notas, en presencia de una prosa de gran altura, que se acompaña con una interesante historia, tomada de la vida misma de la autora. Seguramente todos sus libros no tienen más que un único y reiterado argumento: su madre y su padre, el desamor. Esto carece de toda importancia, ni significa en modo alguno un demérito literario. En los grandes escritores no suelen haber muchos más. El tema de una narración es importante; pero lo es mucho más el arte para contarla. Cualquiera puede echar un tema sobre la mesa, pero sólo los hombres talentosos pueden vestirlos con las palabras apropiadas, como un aire húmedo y fresco del amanecer, irisado, salpicado de luces, que nos hace soñar con promesas incumplidas y amores por nacer.