La irrupción de Irene Némirovsky en la primera línea del universo
literario, con la publicación de Suite Francesa (Éditions Denoël, París,
2004; Existe versión española en Salamandra, Barcelona, José Antonio Soriano
trad.) produjo un enorme interés por su obra, hasta ese momento desconocida.
Estoy convencido de que el nivel de su prosa la sitúa inmediatamente junto a
aquellos que, en mi opinión, son los más grandes escritores del siglo XX: Josef
Roth, Thomas Mann, y en cierta medida Herman Hesse.
Esta extraordinaria escritora nació en la ciudad de Kiev el año de 1903. Su
padre, León Némirovsky, era uno de los banqueros judíos más ricos de Rusia. Su
madre, Faïga, se hacía llamar Fanny (probablemente como expresión de su
afrancesamiento), y carecía casi por completo de instinto maternal -según los
testimonios. La autora de Suite Francesa hará explícito, durante
su adultez, el rechazo que ésta le producía; nunca se preocupó afectiva ni
pedagógicamente de ella, dedicada siempre a ensoñaciones banales del gran mundo,
sin llegar a imaginarse el universo de sensibilidad que abrigaba en soledad el
corazón de su hija.
Este es, justamente, el tema de El vino de la soledad (Le vin de
solitude, París, 1935. Existe versión española: Salamandra, Barcelona,
2011. José Antonio Soriano, trad.). La escritora ucraniana, sin filtro
literario alguno, se convierte en el alter ego de la pequeña Elena
Karol, cuyo padre no está casi nunca en casa, y cuya madre la desatiende para
entregarse a todo género de superficialidades: amantes, París, riqueza y
libertad.
Se hace más o menos evidente, de la lectura de esta novela, que
Némirovsky ha aprendido las lecciones de sus maestros Tolstoy y Proust;
especialmente en la recreación de los ambientes y de las atmósferas en que se
deslizan con suavidad sus personajes. En general son descripciones breves,
limpias, certeras, como el corte de un bisturí en manos de un profesional.
La pequeña Elena no disimula su parecido con la malograda autora, que
hubiera querido ser bonita. La niña está dotada de una sensibilidad fuera de lo
común, que impide a mi juicio que el libro llegue a ser apreciado unánimemente
en toda su belleza melancólica. La existencia de la protagonista está marcada
por dos elementos, que cruzan el escenario psicológico de la primera parte, al
menos, de la obra: la soledad y el aburrimiento. No se trata de una soledad
corpórea, pues la institutriz francesa no se separa de ella. Es más bien una
soledad del alma, una ausencia que habla de desolación donde debiera haber gozo.
En este sentido, es entendida aquí como un mal, un mal de afectos traidores
como dientes que no muerden u oídos que no oyen; un mal de ausencia de lo que
no podía, en ningún sentido, faltar: amor de los padres, que equivale a decir
amor incondicional.
El aburrimiento es también parte importante de la escena. Atención al
siguiente párrafo: "las clases y los deberes se habían sucedido desde la
mañana sin un instante de respiro. Pero le gustaban los libros y el estudio,
como a otros el vino, porque ayuda a olvidar. ¿qué otra cosa conocía? Vivía en
una casa desierta y silenciosa. El sonido de sus pasos en las habitaciones
vacías, la quietud de las gélidas calles tras las ventanas cerradas...la
temprana oscuridad..." (p. 78). Como el terruño del alma de Elena parece
fértil, la falta de entretenciones deriva su atención hacia el estudio. Hoy,
nada de esto podría haber sido escrito: el autor y el personaje se habrían
dedicado a ver televisión, a bajar música y películas de internet, o a perder
el tiempo miserablemente en You Tube o Grooveshark…si no jugando Wi. Hay que agradecer que todos estos
inventos hayan sido posteriores a las obras maestras del siglo XX.
La circunstancia de que el personaje principal sea inteligente y posea
sensibilidad artística es lo que marca la narración. La voz interior de Elena
lleva al lector a observar la realidad a través de un tamiz que la hace
iridiscente; en este sentido la profundidad del espíritu actúa como una droga.
En el caso de Némirovsky, al menos en esta novela, la lujuria del colorido se
expresa, extrañamente (aquí radica en parte su virtuosismo), por medio de una
tonalidad opaca, suave, pálida, a caballo de una prosa que es una densa
humareda, y que no acaba nunca de encenderse en el fuego final. Tiene, por así
decirlo, la monotonía de los días grises, la ironía melancólica de un hombre
mayor: "¡qué vieja se puede ser a los doce años!" (p. 75).
Pero cuidado. La
dulce y tierna criatura, como ocurre muchas veces en la vida, tiene en realidad
el corazón emponzoñado. A partir del capítulo quinto podría decirse que, al
menos aparentemente, la novela da un vuelco. Hasta aquí nos han descrito un
carácter tímido, sensible y bondadoso, cuyas penurias tienden despertar la
compasión del lector, no sólo por la objetiva injusticia de los hechos, sino
especialmente por la asombrosa capacidad de recrearlos que la protagonista
exhibe. Sin embargo, poco a poco, con frases finas y puntiagudas, comienza a
salir de su interior una vaharada de odio que explota después en la venganza
que cierra el círculo del libro.
Este es uno de
los caminos posibles que el personaje puede recorrer. Sin embargo, Némirovsky
no es inocente ni simple. Tal vez por su refinada inteligencia; pero tal vez
también porque las palabras que conforman este libro son pequeños trozos de
vivencias personales de la autora. He aquí, en general, uno de los milagros del
arte: producir una copia que se torna indiscernible del modelo. Es probable que
esto, a la postre, la redima. El carácter abstractamente angelical de la
sufriente Elena en los primeros capítulos, sin embargo, no puede permanecer
incólume en la realidad. La vida de un niño sin afecto se encamina a una
crisis, de la cual puede salir fortalecido (un keirós poco frecuente), o herido como un pájaro por una andanada de
balines. La Elena de Némirovsky une a su desgracia un carácter impetuoso, que
le lleva a murmurar una melancólica profecía: “no podrán conmigo,. Soy valiente…que
me quede al menos eso…Soy mala, tengo el corazón duro, no sé perdonar, pero soy
valiente…” (p. 109).
El dolor sigue
pues el curso natural en animal herido: la revuelta del alma, la afirmación del
yo contra la adversidad y el desprecio de lo que ha mendigado: “no pediré ayuda
a nadie y menos a ellos. No los necesito. ¡Soy más fuerte que los dos juntos!
¡No me verán llorar! ¡No son dignos de ayudarme! Nunca volveré a pronunciar su
nombre… (el de mademoisille Rose, la
institutriz que acaba de morir; única fuente de afecto con que la niña cuenta
hasta este punto de la narración)” (p. 112).
El verdadero
vuelco se producirá un poco más adelante, cuando esta necesidad de
autoafirmación se transforme en deseo de venganza: “…¡no soy una santa, no
puedo perdonarla! ¡Espera, espera un poco y verás! Te haré llorar como me
hiciste llorar a mí…Nunca me enseñaste a ser buena, a perdonar…Es muy sencillo,
no me enseñaste más que a temerte y comportarme en la mesa. ¡Qué odioso es
todo! ¡Cuánto dolor! ¡Qué malo es el mundo! ¿espera, amiga mía, espera! (p.
143). Y “¡vengarme! ¡Ay, a eso no puedo renunciar…creo que preferiría morir a
renunciar!” (p. 148).
En cierta
legítima medida, el lector puede sentirse defraudado por esta vulgarización,
este envilecimiento de un personaje que, hasta ese momento, recibe toda la
catártica compasión de sus atribulados seguidores. Ello, sin embargo, sería una
solución simple, como si la realidad pudiera cortarse en dos mitades totalmente
inmaculadas. Pero la textura espiritual de Elena es más compleja que la burda
aspiración a la puridad. El progresivo conocimiento de sus propias fuerzas,
barnizado de juventud, insufla en su pecho deseos de aventura y de riesgo que
desafíen la suerte y la providencia; o al menos tener –pide-, una vida normal, vida
cuyo contenido se explica en la frase siguiente: “tener una madre como las
demás”, lo cual es inmediatamente desechado por ser “demasiado tarde”.
Esta
complejidad, natural en términos de que los seres reales no son principios
separados y auto-idénticos, se traduce en que el odio de Elena, y sus violentos
deseos de venganza, se mezclan con el arrepentimiento y la culpa, que en su
caso se desencadena en la nostalgia implícita de lo que ella sabe que es, por
contraste con aquello en lo que se está convirtiendo: una mujer de corazón
duro, cuyo caso reitera el valor de la vieja predicción clásica: corruptio optimi pessima (la corrupción
de lo excelente es la peor). Esto es lo que, contemplando sus propios deseos de
venganza, le lleva a exclamar “en el fondo, no soy mejor que ellos” (p. 160).
Sin embargo,
el arte de Némirovsky nuevamente consigue huir de las caricaturas; quizás
porque no hace otra cosa que hablar de sí misma y de lo que efectivamente tuvo
lugar en los vaivenes de sus sentimientos. La pequeña Elena, que ha superado
los quince años, vuelve a cambiar cuando Max, el amante de su madre por muchos
años (y primo suyo) se marcha a Londres y las abandona. La protagonista se transforma
entonces en un testigo privilegiado del derrumbe de una época entera,
simbolizado en la decadencia de su familia donde, como ella misma dice, el odio
deja paso al horror (p. 203).
Una vez que se
han dispuesto las piezas para el final de la novela, Némirovky vuelve a hacer
gala, en mi opinión, de su enorme virtuosismo literario, a propósito de la
descripción del armenio, el nuevo amante de la decrépita madre, que hurga en
las posesiones de su marido muerto como una rata en la bodega de una posada.
Estamos, para
terminar estas notas, en presencia de una prosa de gran altura, que se acompaña
con una interesante historia, tomada de la vida misma de la autora. Seguramente
todos sus libros no tienen más que un único y reiterado argumento: su madre y
su padre, el desamor. Esto carece de toda importancia, ni significa en modo
alguno un demérito literario. En los grandes escritores no suelen haber muchos
más. El tema de una narración es importante; pero lo es mucho más el arte para contarla.
Cualquiera puede echar un tema sobre la mesa, pero sólo los hombres talentosos
pueden vestirlos con las palabras apropiadas, como un aire húmedo y fresco del
amanecer, irisado, salpicado de luces, que nos hace soñar con promesas incumplidas
y amores por nacer.

Fantástica tu crítica literaria. Eres un excelente escritor, maravilloso crítico, un gran amigo.
ResponderEliminarUtilizas siempre un lenguaje refinado, culto, exquisito. Leerte es una auténtica pasión para el alma.
Enhorabuena por crear este Blog. Tendrá mucha vida, incitarás a la cultura y al refinamiento literario. Suerte...te la mereces.