viernes, 15 de julio de 2016

VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA



Leí hace poco, seguidamente, Las ratas, y La sombra del ciprés es alargada. El primero me pareció interesantísimo, por la naturaleza del paisaje y la geografía humana que describe, armado de un castellano de botijo y pedrería, labrado a fuerza de ver pasar los siglos.

El segundo, en cambio, no llegó siquiera a entretenerme, a pesar de con él obtuvo el Premio Nadal en 1947. Su argumento me resultó forzado, y hasta cierto punto trivial. El personaje principal vive un conflicto absurdo, o que al menos así se presenta a la mentalidad contemporánea. Si esto fuera como digo, y no sólo una impresión mía, se trataría del argumento definitivo para no considerarlo un clásico. Lo mejor, nuevamente, es el retrato que hace de la sociedad abulense de la época, y quizás la figura de Alfredo, el amigo de Pedro, el protagonista. A partir del momento en que éste crece, sin embargo, la narración se hace vertiginosa, como si el diapasón general de la obra hubiera cambiado, sin que ello la favorezca. Habría que analizar si no subyace detrás de la novela un cierto nihilismo, dado el nudo temático y las conclusiones de la historia. Esta circunstancia, al no verse superada por la maestría técnica del autor, puede influir para que se lea de un modo un tanto cansino.

El breve texto denominado Viejas historias de Castilla la Vieja, sin embargo, me parece sobresaliente. Se trata de dieciocho narraciones muy cortas, en las que regresa a la temática de Castilla, probablemente su fuerte. Hay una en particular que me impresionó, por su humanidad (o falta de humanidad) y la expedita resolución con que sus páginas contienen todo lo que parece y mucho más: se llama "El teso macho de Fuentetoba". La recomiendo vivamente, así como el resto de los frescos que contiene. Es casi lo mismo que ver una seguidilla de fotos de Ortiz-Echagüe, pero tomadas con palabras.

Santiago, 15 de julio de 2016.

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